19 de marzo de 2011

La soledad del inmolado

Ahora que en el Medio Oriente la demanda democrática se ha extendido de manera imprevisible cuestionando poderes y sentidos comunes, la inmolación de Jan Palach motivada por la represión del movimiento de masas que se denominó posteriormente “primavera de Praga”, merece ser recordada. El llamado “suicidio a lo bonzo”, llamado así desde la inmolación de Thich Quang Duc, monje budista vietnamita en 1963, como gesto religioso y político revivió en Túnez y en Argelia funcionando como chispa que encendió la mecha de las revueltas


El llamado “socialismo real” fue una invención dogmática, mediocre y trágica de la cual poco o nada ha quedado para las generaciones actuales. Un mundo paralelo que pasó por la historia de la humanidad con muchísimas más penas que glorias, manchando y comprometiendo el proyecto utópico del siglo veinte para después entregarse a la restauración capitalista. No fue, sin embargo, un mundo totalmente desierto porque siempre existieron personas y colectivos que pensaron y actuaron a contracorriente de la miseria estalinista. Jan Palach estuvo entre ellos.

Un sacrificio individual, solitario, extremo y brutal que remueve conciencias y estimula a la indignación para que se convierta en movilización colectiva. La mayoría de las veces no lo consiguen y quedan sólo como un incómodo recodatorio a la vez de la impotencia y de valentía de los oprimidos. Probablemente muestran también el límite de la ética política: la soledad del inmolado y su dolor.

17 de marzo de 2011

Requiem por Fukushima

Decía Serge Latouche que "desarollo" es una palabra tóxica. Ahora habría que agregar que "desarrollo a través de la energía nuclear" no es sólo tóxico sino explícita y directamente genocida. Probablemente Fukushima pasará a la historia, si es que logramos tener un poco más de historia, como el primer genocidio transmitido en directo; el primer genocidio tecnológico de lo que nos queda de futuro que, visto lo visto, parece que no es mucho.

El lobby nuclear y el sentido común de los súbditos del sistema intenta desesperadamente reducir lo sucedido a un accidente, a algo eventual, es decir, raro. Su discurso se basa en la poca probabilidad de ocurrencia dada las sofisticadas medidas de seguridad que tienen las centrales nucleares en el mundo y ponen como argumento el hecho de que, en Japón, todas las demás resistieron el terremoto y su posterior ola destructiva. Pero si bien los japones no lo inventaron le pusieron nombre a un fenómeno escaso pero posible: tsunami. Aún así, contruyeron su derrochadora sociedad sobre un territorio movedizo como pocos, confiando en su capacidad de control tecnológico de los fenómenos naturales.

La energía nuclear no forma parte del "curso natural" del desarrollo socioeconómico: como todas, representa decisiones contingentes condicionadas por los intereses de quienes, en cada momento histórico, han tenido la sartén por el mango. La opción no está entre petroleo escaso y energía nuclear "limpia", aunque riesgosa, sino entre una sociedad despilfarradora, contaminante y agresiva y una sociedad austera, respetuosa con el medio ambiente y convivencial. La batalla es contra la fe tecnolfílica oscurece lo que le queda de razón a este bípedo arrogante que ha construido una civilización suicida.

8 de marzo de 2011

Libia y sus acuíferos

A punto de convertirse en el Irak de Obama, Libia, aunque ha existido desde hace milenios, ahora existe más. Son los efectos de realidad de los medios de comunicación e Internet. En los años ochenta Gadafi causaba cierta admiración por su extravagante aliño indumentario y por su oposición, más o menos desde la izquierda, al Imperio. Luego vinieron los atentados a los aviones en Inglaterra y los bombardeos americanos a Trípoli que obligaron a un período de mayor contención por parte del coronel.

Pero eso sucedía en la superficie: su proyecto épico, amén de la represión a su pueblo, continuaba en las profundidades de los mercados financieros europeos y en la profundidades del enorme desierto libio. Aquí la megalomanía de Gadafi linda con el horror. Construyó un rio artificial que conduce agua fósil extraída de enormes acuíferos situados en los desiertos del sur del país. "El Agua fósil (agua connata) es agua subterránea que ha permanecido en un acuífero por milenios. El agua puede permanecer bajo el subsuelo alojada en mantos acuíferos por miles y quizás millones de años. Cuando los cambios geológicos los sellaron impidieron su recarga y éstos quedaron atrapados dentro, convirtiéndose así en: agua fosilizada. El fechado con radiocarbono ha revelado que algunos acuíferos han permanecido así desde hace 40,000 años, desde antes de la última glaciación. Los acuíferos de Ogallala y Nubia se encuentran entre las más notables de las reservas de agua fósil. La extracción del agua fósil es algunas veces referida como agua mina dado que es una fuente no renovable".

Siguiendo el mismo esquema y similar tecnología que la utilizada para la extraccción del petróleo Gadafi ha sacrificado recursos no renovables para sostener su proyecto de "desarrollo" en el norte de Libia y de paso crear una red de tuberías subterráneas aptas para uso militar. La lógica del desarrollo a toda costa, arrogante, agresivo y despilfarrador tiene en el ejemplo libio su paradigma. Pero también, simultáneamente, muestra una vez más lo efímero y transitorio que pueden ser los sueños de omnipotencia. Esperemos que si Gadfi es derrocado sus sucesores detengan o, al menos moderen, este proyecto del horror.

13 de febrero de 2011

Taylorismo y fordismo médico

La prensa lo titula Operaciones de bajo coste y comenta que "un hospital indio practica hasta 30 intervenciones de corazón al día. Añade que "el centro recurre a la economía de escala y al trabajo en cadena para abaratar el proceso".

Taylorismo y fordismo han sido dos maneras complementarias de organización productiva y disciplinamiento de la fuerza de trabajo. El primero tiene como núcleo operativo y símbolo de su funcionamiento el control de los "tiempos y movimientos" y, el segundo, la cadena de montaje. F. Taylor y H. Ford se encuentran en la base de la racionalización productiva que permitió el brutal desarrollo de la industrialización en la primera mitad del siglo veinte, incluyendo, por supuesto, a la industria bélica. La llegada primero de las innovaciones organizativas japonesas, y posteriormente de otras como las suecas en las fábricas de Volvo, hasta terminar en las actuales estructuras empresariales en red, supusieron un cuestionamiento del taylorismo y el fordismo que, en principio (eso se decía) quedaron relegados a sectores industriales muy concretos y muchas veces "atrasados". Esta trayectoria de la organización industrial en el ámbito de la sociología y la economía del trabajo ha sido descrita como la evolución "desde el fordismo al post-fordismo".

Pero, las formas organizativas exitosas desde el punto de vista del lucro empresarial no se abandonan fácilmente. El disciplinamiento a través del control de los tiempos y movimientos y la organización en cadena se aplican también a sectores aparentemente poco aptos para adoptar formas de producción en gran escala. En el caso del hospital de Bangalore se ha dado el paso definitivo parcelando las tareas y enlazándolas en un sistema de acciones coordinadas análogas a la cadena de montaje de una fábrica de automóviles. Gestos y movimientos especializados son realizados sobre un cuerpo, el del paciente, que pierde su unidad esencial para convertirse en un conjunto de segmentos patologizados intervenibles por especialistas que, a fuerza de repetir las acciones, incluso pueden actuar "con los ojos cerrados". Nace la medicina de la ceguera. Esta posibilidad de tratamiento industrial del cuerpo y la salud tiene sus antecedentes, en primer lugar en la actual extensión de las "analíticas" y los "exámenes" a mansalva que han convertido a los médicos en técnicos lectores de indicadores incapaces ya de leer los síntomas en el propio cuerpo del paciente (el encuentro médico-paciente se ha convertido en una relación mediada por la pantalla del ordenador) y, en segundo lugar, en la privatización de los servicios de salud públicos que, entre otras cosas, anuncian ya la proletarización de la clase médica. El ejemplo del hospital de la India lo muestra en toda su crudeza: los médicos se convierten en piezas intercambiables de un engranaje sociotecnológico y comercial que los excede y domina. Su futuro será el de proletarios hiperespecializados y sosfisticados con bajos salarios y condiciones laborales flexibles, de alto estrés, generando, eso sí, beneficios a raudales a las megaempresas sanitarias a quienes venderán su tiempo de trabajo cada vez con menos valor de mercado.

La defensa de este modelo de "producción de salud" se basa en criterios exclusivamente económicos: "Se puede hacer una buena obra y aún así ser muy rentable". El hospital "funciona como una economía de escala: a más operaciones y hospitales más grandes, nuestros costes se reducen"; los mismos argumentos que dio en su momento Henry Ford para fabricar su modelo T. Añade el director del hospital indio un argumento de democratización del acceso a la salud: Ford también prometía que cada consumidor norteamericano tendría su propio automóvil. Cumplió su promesa: sólo hizo falta que se desarrollara el inmenso y descontrolado mercado crediticio que ha llegado hasta hoy; el mismo que estará rondando las fábricas de salud emergentes.

Ver: Operaciones de bajo coste

7 de enero de 2011

Decrecentismo y lenguaje del mestizaje (2)

(Viene del post anterior)
Funciones


La primera tarea del decrecentismo, entonces, es mostrar lo que esconden las hegemonías del mundo y lo que anuncian las contrahegemonías y las disidencias. Esto corresponde a su función develadora que persigue quitar los velos que cubren los ocultamientos, las simulaciones y las coacciones ideológicas al servicio del poder. Se trata de poner de manifiesto lo soterrado por el imaginario del productivismo y sus excesos. Esta función incluye la función de comunicación o difusión de los develamientos o “comprensiones” que los grupos decrecentistas han obtenido de sus análisis y prácticas. Estos grupos son sujetos colectivos de enunciación que proyectan una identidad y buscan el encuentro con otras identidades. Es importante, no obstante, diferenciar la experiencia del develamiento y comunicación de la aceptación acrítica de una verdad revelada. La enunciación decrecentista debe ser el resultado de procesos dialógicos, racionales, informados y colectivos, sin subordinaciones de ninguna especie, ni siquiera a la misma idea decrecentista.

Otros incluyen el decrecimiento como un componente más de su acción, nosotros hacemos de él, una ética y un proyecto: un punto de referencia, un criterio de valor y una guía para la orientación, siempre provisional, en los escenarios de los cambios colectivos e individuales. Por este motivo, en segundo lugar rescatamos su función cartográfica para localizar y hacer visibles las experiencias ausentes y señalar el camino para las que presionan por emerger. Las muy variables topografías sociales donde transcurren las dinámicas de los actores requieren el dibujo de mapas con sus territorios pero, sobre todo, con sus caminos y senderos que comuniquen lo actual con lo posible, abriendo las zonas de contacto. Pero la cartografía sabe que no puede confundir el mapa con el territorio y que los trazados, las cotas y los relieves dibujados serán siempre provisionales.

Los decrecentistas no tenemos prioridad ni vocación de hegemonía. Somos advenedizos en el espacio de las iniciativas de cambio; otros también han nombrado los desastres y han propuesto alternativas. Podemos hacerlo, pero, ubicados en los intersticios de los proyectos de los actores, podemos aspirar también a un rol diferente: al rol de traductores, es decir, desde el lenguaje, desde la koiné sociopolítica, trabajar para “promover la inteligibilidad mutua entre experiencias posibles sin destruir su identidad” (B. de Sousa Santos). Esta función de traducción implica apoyar las interlocuciones entre las diferentes formas de experiencias de conocimiento, de trabajo, políticas, culturales etc. mostrando las equivalencias y haciendo evidentes los encuentros. El decrecentismo apuesta por las diferencias no jerarquizadas, por los espacios de diálogo no subordinados, aquí y a hora, es decir, en un presente ampliado y enriquecido por las iniciativas de todos.

Como una consecuencia directa de la función de traducción aparece, la función catalizadora que debe permitir que críticas y propuestas, teorías y prácticas, imaginaciones e iniciativas, en el amplio campo social, encuentren un sentido mayor engarzadas en el discurso del decrecimiento y sean estimuladas por éste. Se trata de favorecer el trabajo de articulación de las contrahegemonías ayudando a su confluencia en proyectos comunes. No ofrecemos una verdad revelada, repetimos, ni siquiera una certeza, sólo nuestro papel de facilitadores de la voluntad de cambio de los sujetos sociales.

Por último, la función catalizadora incorpora como elemento central la función de innovación e imaginación que invita a prefigurar  cómo vivir de una manera diferente, a partir de las prácticas de los actores y sus necesidades. La función cartográfica debe servir para detectar las experiencias sociales ausentes y desperdiciadas por las monoculturas del saber y las hegemonías sociales. La función de innovación lee e interpreta esos mapas, reivindica los saberes de todos, imagina mundos posibles, los pone en diálogo y ayuda a que las energías colectivas concluyan en proyectos concretos. La función de innovación reconoce y extiende la creatividad a todo el campo social, fuera de la ley del valor, de la mercancía y sus servidumbres y forma parte de las necesarias políticas de resistencia y propuesta creativa, frente a las hegemonías. La catálisis decrecentista, realizada a través del develamiento, la comunicación, la cartografía, la traducción y la innovación aspira a ampliar el campo de las experiencias posibles en el presente para aumentar las probabilidades de su realización futura.

6 de enero de 2011

Decrecentismo y lenguaje del mestizaje (1)

Nos encontramos en la “fase semántica” de la propuesta decrecentista. Fase colectiva de creación, depuración y difusión de conceptos que sean capaces de ensamblar este lenguaje del mestizaje sociopolítico con las prácticas de los actores. Hay que comenzar a hablarlo para nombrar las ausencias, reprimidas, y las emergencias, soñadas (B. de Sousa Santos). Fase también de interpretación y de imaginación sin más restricciones que las posibilidades de los deseos expresados por la palabra de los distintos.

Esbozamos aquí las tareas y funciones que, a nuestro juicio, debería asumir el emergente movimiento por el decrecimiento para encontrar su lugar dentro del proceso de reinvención de las prácticas emancipadoras. Creemos que la identidad decrecentista en la actualidad puede organizarse a partir de seis funciones principales, todas ellas muy relacionadas entre sí, a saber: función de develamiento, función de comunicación, función cartográfica, función de traducción, función de innovación y función catalizadora. Situaremos este esbozo en el contexto de la crisis de la palabra emancipatoria, de su naufragio en las aguas de la historia.

Naufragio

Venimos de un naufragio: el de los proyectos de emancipación, mucho más fracasados que derrotados, a lo largo del siglo veinte. Naufragio histórico, político, económico, cultural y anímico. Como escribimos en otro texto “todas las izquierdas, todas, quedaron tocadas por el desastre del llamado socialismo real. Ni la comunista, ni la socialdemócrata ni toda la flora y fauna troskista, maoísta o anarquista y sus combinaciones pudieron salvar los muebles del incendio. La comunista se hizo socialdemócrata. La socialista se hizo social liberal o, lisa y llanamente y sin vergüenzas, liberal. Y, en la llamada extrema izquierda, algunos se fueron para la casa, los más, y otros, los menos, iniciaron una loable pero larga travesía por el desierto. En el intertanto, los ecologistas han emergido y se han vuelto a sumergir sin poder asumir el liderazgo de aquello que se ha llamado izquierda social, mientras que los altermundialistas han pataleado en cuanto foro mundial se les ha puesto a su alcance”. En medio del repliegue, desde hace más de una década los neozapatistas son unos de los pocos que han abocetado con imaginación un programa de transformaciones razonable y utópico y viceversa.

Lenguaje

El movimiento por el decrecimiento surge de esas cenizas, de esos lodos y de esas esperanzas. Con el reloj de la historia acelerado, la tarea que tiene por delante es gigante y con muchos frentes abiertos. De todos ellos, uno se revela particularmente crucial: el del lenguaje. Sobado y gastado el lenguaje revolucionario y comprobada su incapacidad para convocar a los nuevos sujetos de las transformaciones, urge la construcción de un lenguaje que defina y critique el desorden y la locura neoliberal desde la imaginación y los deseos colectivos. La palabra decrecentista debe emerger del encuentro entre los conceptos de escritorio y los vocablos de la calle comunitaria en transformación; entre habla de la visión y del habla del deseo.

Desde abajo y a la izquierda (Marcos), las palabras del decrecimiento deberían ser capaces de transformarse en una lingua franca, en una koiné o habla común de intercambio entre los sujetos de las transformaciones. Eso requiere romper la continuidad acústica con los términos gastados y asociados a los fracasos de los socialismos autoritarios del siglo veinte y, sobre todo, vinculados a la vociferante e inútil teoría leninista. Y esa ruptura exige producir nuevos sonidos y nuevos ecos condensados y transportados por la lengua del mestizaje sociopolítico en la que puede constituirse el discurso decrecentista. Esta koiné decrecentista debe aportar resonancias que acompañen a los actores en sus nuevas y viejas prácticas cooperativas, solidarias, comunitarias y políticas. Una lengua franca y una koiné cumplen la función de comunicar las diferencias; porque son diferentes los hablantes requieren una lengua que permita la traducción de sus conceptos y prácticas. Es un lenguaje de frontera construido para atenuarlas. Es el lenguaje de lo “común”, diferente del lenguaje de lo “único”. El primero se construye, desde abajo, a partir de la necesidad y voluntad de permitir que los distintos dialoguen sobre aquello que comparten sin dejar de ser cada uno lo que es. El segundo, se construye, desde arriba, a partir de un proyecto de imposición que busca anular las diferencias e imponer la visión de unos pocos.

Vivimos ahora el reinado del pensamiento, el discurso y las prácticas de “lo único” en su versión neoliberal. Pero los decrecentistas rechazamos “lo único” en todas sus versiones, sea neoliberal, marxista, anarquista, ecologista y, por supuesto, decrecentista.

El decrecentismo no dice nada nuevo y, sin embargo, suena nuevo lo que enuncia. Es una obviedad y una provocación: un inventario de desastres sociales y ecológicos, presentes y futuros y una llamada a la acción. Pero, no podemos quedarnos en la compilación de los efectos de la locura civilizatoria; es necesaria la sintaxis que permita articular el diagnóstico con las prácticas a través del lenguaje del mestizaje sociopolítico que es el decrecentismo, es decir, el lenguaje de “lo común de lo diverso”. (Continúa)

30 de diciembre de 2010

Crisis y obsolescencia

"El deseo se esfuma antes de que el objeto envejezca"
 Deyan Sidjic.

El documental Comprar, tirar, comprar ha contribuido a aumentar la difusión de la crítica a la obsolescencia programada. Enhorabuena. Conviene, eso sí, profundizar en algunos temas que se abren a partir de él.

Entre todas las perversiones del productivismo, la obsolescencia programada es probablemente la más irritante. Consiste en una estrategia deliberada para acortar la vida útil de las mercancías con el objetivo de aumentar la velocidad del ciclo producción-consumo. Mientras menos duren más se fabrican. Los productos nuevos reemplazan a los antiguos que, así considerados, se convierten en basura. No se los deja envejecer con dignidad. 

La obsolescencia programada requiere de dos mecanismos interrelacionados: una planificación conciente, racional y técnica de la caducidad, por una parte y el deseo social,  publicitariamente estimulado, de renovación permanente de los símbolos de identidad y estatus social, por otra. Es decir,  para que el engranaje funcione a la perfección es necesario que la razón productivista tenga como contrapunto necesario la razón consumista: lo nuevo, o aparentemente nuevo, que emerge de lo destruido,  tiene que ser deseado. Para ello, la ideología publicitaria debe dar argumentos para que lo nuevo deseado sea considerado "mejor". El círculo así se cierra, pero se cierra mal puesto que la caducidad permanente genera desechos permanentes cuya mayor parte no ingresan en ningún circuito de reciclaje sino que, o bien se dispersan aleatoriamemente por la naturaleza, caso de las llamadas sopas de plásticos en los océanos o, son enviadas descarada e ilegalmente a países asiáticos o africanos, como Ghana, como bien ilustra el documental. Las cloacas están siempre en algún sitio: mejor si están lejos del paisaje de la opulencia.

La planificación de la obsolescencia y su efecto sobre la reducción de la vida útil de los objetos debilita las ancestrales prácticas de la reparación, del arreglo, de la compostura y los oficios vinculados a ellos: zurcidor, tapicero, afilador, modista... Oficios nobles, y totales, depositarios de saberes colectivos no entrópicos que establecían una relación afectiva con los artefactos a los cuales se les concedían nuevas oportunidades de vida. La actual construcción modular, fragmenta los objetos en unidades autónomas desechables. Un módulo es una pieza autónoma, una caja negra, acoplable, mediante un conector o interfaz, con otras. El oficio técnico actual, parcial y arrogante,  desconoce gran parte la lógica de funcionamiento interior de las piezas. Sabe como acoplarlas y sustituirlas pero no sabe lo que bulle dentro de ellas.

Que la inteligencia, la técnica, la ciencia y el saber colectivo en general estén al servicio de la caducidad  de los objetos de consumo revela hasta qué punto el productivismo linda con la inmoralidad. Lo mismo sucede con la industria militar. La famosa "destrucción creativa" shumpeteriana se revela como simple destrucción, sin más, sin apellidos. Es sabido que el capitalismo presenta una alta racionalidad en sus procesos parciales y una alta irracionalidad sistémica. Pues bien, la obsolescencia programada lo ejemplifica a la perfección pero añade una información nueva: los procesos parciales, fabricar una bombilla eléctrica, por ejemplo, pueden ser racionales y, a  la vez, inmorales. La razón tecnocientífica y toda la estructura de prácticas profesionales y discursivas sobre ella asentada esconde su  función obsolescente, es decir la producción voluntaria de caducidad.

El proyecto del crecimiento ilimitado del capitalismo requiere dos dinámicas aberrantes: por una parte, la absorción voraz de recursos y, por otra parte, la destrucción contínua de lo que el trabajo social ha realizado. Sobre la contaminación, el agotamiento de recursos y sobre la destrucción ilimitada y sistemática de los productos del trabajo social se asienta la llamada prosperidad y del llamado bienestar de la que creen gozar una parte importante de las capas sociales de los países centrales y de una minoría de las periféricas. La prosperidad tiene los pies de barro; es circunstancial, precaria y falsa. Existe porque está basada en un principio de ceguera social: las evidencias del desastre y las injusticias no están incorporados en sus alegres cómputos. La prosperidad sólo se vive como tal si se mira para otro lado; si no se ven los agujeros negros hacia donde fluyen los detritus de la máquina económica.

La obsolescencia programada nació con el propósito declarado de estimular a las economías en crisis de los años treinta del siglo pasado. Pero forma parte del funcionamiento normal de la producción de masas. La fundamenta, sostiene y justifica. Sobre esta aberración se asientan todas las actuales llamadas al consumo para salir de la crisis. La misma innovación tecnológica, mantra de los ideólogos del sistema,  está asentada sobre el imperativo de la caducidad. Las recetas keynesianas para el fomento de la actividad productiva de cualquier tipo se complementan con el estímulo al consumo, también de cualquier tipo. Todo vale para las cuentas de la economía. El PIB  es ciego y sordo (pero no mudo); no le importa lo que llene sus indicadores. Su lógica es irresponsable y obscena.

Pero, no hay salida posible de la crisis, si la entendemos en su sentido amplio como crisis social y medioambiental, estimulando justamente uno de sus factores causales. No hay salida productivista ni consumista a la crisis, salvo como engaño y desplazamiento de los problemas a las generaciones venideras, si es que éstas consiguen llegar a existir.

La manoseada expresión "cambio de modelo productivo" debe significar otra cosa para que tenga valor. Debería significar limitación cuantitativa (menos objetos), redireccionamiento cualitativo (respondiendo a las necesidades de las mayorías) y reorientación ecológica de la producción y consumo social de bienes. La tercera sin las dos anteriores es simple maquillaje. La apuesta por el decrecimiento es una apuesta por la perennidad sobre la caducidad. Una apuesta por la vigencia de los objetos que son producto del trabajo social extrayéndolos del vértigo de la obsolescencia. El decrecimiento no quiere añadir más entropía a la naturaleza.

11 de diciembre de 2010

ZARA y el decrecimiento

Zara, la marca estrella de la multinacional gallega Inditex, inaugura una macrotienda en Roma. La prensa lo anuncia así: "La tienda número 5.000 y una apuesta decidida por la ecología". Un lujoso palacio ha sido reformado para que "cumpliera con todos los compromisos medioambientales más exigentes para así poder obtener la certificación LEED, el sello estadounidense de arquitectura sostenible".

El problema de Zara con la ecología no está en sus tiendas ubicadas en los centros de los países centrales y en muchos periféricos. El problema está en su modelo de negocio basado en la deslocalización productiva. Su problema no es arquitectónico sino logístico. Su problema reside en su mismo carácter multinacional asentado en un modelo reticular que implica el uso intensivo de todo tipo de transportes a largas distancias. Su modelo de integración vertical, que significa participar de toda la cadena productiva, desde la fabricación a la comercialización, obliga a la elección de los proveedores a partir de un simple criterio de costes. Se distribuyen las mercancías internamente entre sus centros de venta estén donde estén sus centros de producción, guiados por el criterio del menor precio posible, principalmente de la mano de obra, no por criterios ecológicos.

Por otra parte, todo el diseño sostenible de la tienda, ahora emblemática de la marca, está sustentado en  complicados sistemas tecnológicos como "monitores que de manera automática controlan los niveles de CO2, la temperatura, humedad, intensidad lumínica y ruido", "detectores de presencia para encendido y apagado de luces según el tránsito", "cortinas de aire con sensores que controlan los grados y reducen la necesidad de refrigeración o calefacción" etcétera etcétera. Como se oberva, se sigue el ya clásico modelo de salvación ecológica mediante la intensificación de artilugios tecnológicos sofisticados sobre los cuales se desconocen sus procesos de fabricación. Pero la valoración de la sostenibilidad de una actividad económica debe hacerse considerando todos los niveles que lo integran. Si no se hace así el maquillaje ecológico final esconde fácilmente las perversiones de la cadena productiva. Se debe revisar la cadena de valor ecológico imbricada en la anterior.

Por otra parte, toda la supuesta  intención ecológica de la empresa queda abolida a partir de otro de los pricipios de su modelo de negocio: la obsolescencia programada. Zara inauguró el just in time en el campo de la moda lo cual implica una alta rotación de sus mercancías en perfecta sintonía con las exigencias de una sociedad de consumo globalizada, ávida de novedades superficiales, esta vez en el campo de la indumentaria. Esta alta rotacíon es necesariamente generadora de desperdicios tanto en el polo de la producción como en el del consumo, amén de exigir un gasto energético desorbitado imposible de contrarrestar con ingenuas soluciones como las lámparas Led, utlizadas en la nueva tienda.

Desde una perspectiva decrecentista un modelo como el de Zara es inviable. Representa la peligrosa ideologia de la sostenibilidad, tranquilizadora, seductora y aparentemente eficaz, pero en escencia continuadora de un modelo de vida, producción y consumo depredador y ciego.

24 de noviembre de 2010

Coreas


Corea es el último de los países que permanecen divididos después de la llamada guerra fría, que de fría tuvo poco, todo hay que decirlo. Alemania y Vietman, mediante por procesos totalmente distintos entre si, se reunificaron con éxito. Los coreanos no. Siguen enfadados, armados hasta los dientes y cada cierto tiempo se ladran mutuamente.

La fósil y exótica dictadura comunista del Norte juega con las armas nucleares como último recurso disuasorio. La precaria y cuestionable democracia del sur se asienta en un híper capitalismo voraz y contaminante.

Una paradoja: el paralelo 38, donde se encuentra la zona desmilitarizada que divide a los dos países, rodeada de armas y donde no entra nadie, es uno de los espacios ecológicamente mejor preservados del planeta. Un área de cerca de mil kilómetros cuadrados está momentáneamente a salvo de la depredación antrópica. Otra muestra de que basta la ausencia humana para que la naturaleza se expanda en su plenitud, sin interrupciones, libre.

Que a nadie le se ocurra tomarlo como ejemplo a seguir, en todo caso. Porque está desmilitarizada en su centro e híper militarizada en sus bordes está ecológicamente protegida, pero al revés la cosa no es necesariamente cierta: la protección ecológica no requiere de armas.

18 de noviembre de 2010

Magnitudes y escalofrios

Cualquier mirada mínimamente crítica hacia lo que sucede en nuestra relación con la naturaleza se encuentra de inmediato con medidas, indicadores, valores, números en definitiva, escalofriantes. Extraigo algunos de estos números al azar de la bolsa de las "externalidades" de nuestro reverenciado "modo de vida".

"Seguir con la dinámica actual de crecimiento nos enfrenta a la perspectiva de la desaparición de la civilización tal como la conocemos, no en millones de años ni tan sólo en milenios, sino desde ahora y hasta el fin de este siglo" Peter Barrett.

"La UNESCO considera que entre dos mil (hipótesis baja) y siete mil (hipótesis alta) millones de personas sufrirán falta de agua en 2050. El Informe Candessus, elaborado por el antiguo Director del FMI, avanza la cifra de cuatro mil millones" Serge Latouche

"Es probable que estemos viviendo la sexta extinción de las especies. (...) la quinta extinción se produjo hace 65 millones años vio el fin de los dinosaurios y otras grandes bestias, probablemente tras el choque de un asteroide. (...) Pero a diferencia de las precedentes, el ser humano es directamente responsable de la disminución actual de los seres vivos y podría muy bien ser su víctima" Serge Latouche.

"Desde el año de 1993, el biólogo de Harvard E. O. Wilson estimó que la Tierra está perdiendo alrededor de 30,000 especies por año , lo cual se traduce a la estadística aún más espeluznante de tres especies cada hora. Algunos biólogos han comenzado a pensar que esta crisis de la biodiversidad (esta “Sexta Extinción”) es aún más severa y más inminente que lo que Wilson supuso" Instituto Americano de Ciencias Biológicas

"(Durante el siglo veinte) se cuadruplicó la población del mundo y su economía de multiplicó por 14, mientras que el consumo energético aumentó 16 veces y el factor de expansión de la producción industrial fue de 40. Pero las emisiones de dióxido de carbono fueron también 13 veces superiores y el consumo de agua se multiplicó por 9"  Paúl Kennedy

Como se sabe, frente a este inventario, muy sumario, de catástrofes caben, por lo menos, tres actitudes y posiciones ideológicas: La primera, la más fácil, el negacionismo. Se trata de refutar las evidencias y aportar datos, en el mejor de los casos, que vinculen, por ejemplo, los cambios climáticos con cambios naturales. Desde esta perspectiva los desastres advertidos por científicos desde diversos ámbitos de investigación no tienen carácter antrópico: corresponden a las fluctuaciones de la naturaleza frente a las cuales nada se puede hacer.

La segunda, la más conciliadora, afirma que los daños son antrópicos pero es posible ecologizar la producción y el consumo manteniendo el ritmo de vida. Aquí encontramos todas las variedades de desarrollo "sostenible", la economía verde etc. La confianza ilimitada en la tecnología como factor de salvación es propia de esta posición y de la anterior. De allí la apuesta por automóviles eléctricos, la energía nuclear, considerada "limpia, el reciclaje" y otras ingenuidades, algunas de ellas muy peligrosas.

La tercera la más difícil: la decrecentista afirma que la participación humana en los desastres medioambientales no admite discusión y que de lo que se trata es de detener, más o menos paulatinamente, la actual producción económica desbocada y guiada por una lógica social insana. Decrecimiento generalizado de la producción y consumo en los países centrales y decrecimiento focalizado en los estamentos altos de los países periféricos. Por aquí va la propuesta decrecentista.

Para los decrecrentistas, la magnitudes de las catástrofes que nos producen escalofríos son un estímulo para pensar e imaginar la posibilidad de una sociedad diferente, sin conocer a ciencia cierta la probabilidad de que pueda realizarse.

7 de noviembre de 2010

Citas (12)


"El crecimiento hoy en día sólo es un asunto rentable a condición de que el peso y el precio recaigan en la naturaleza, en las generaciones futuras, en la salud de los consumidores, en las condiciones de trabajo de los asalariados y, más aún, en los países del Sur"

“Nuestro sobrecrecimiento económico llega hasta los límites finales de la biosfera. La capacidad regeneradora de la Tierra ya no puede atender a la demanda: el ser humano transforma los recursos en desechos mucho más rápido de lo que la naturaleza tarda en transformar esos desechos en nuevos recursos”

"¿Hacia dónde vamos? Directos hacia la pared"


Serge Latouche: "Pequeño tratado del decrecimiento sereno"

30 de octubre de 2010

Misoneismo e innovación decrecentista (1)


El misoneismo, escuetamente definido como aversión a las novedades -del gr. misein, odiar, y neos, nuevo- puede ser confundido con la razonable precaución hacia la neofilia, pasión desbordada hacia lo nuevo per se, que manifestamos los decrecentistas.

La idea de innovación, apropiada y colonizada por el discurso y la práctica del mangement, estimula la producción aparente de lo nuevo bajo la forma de novedad. Lo aparentemente nuevo vale más que lo aparentemente viejo.

El modelo económico hegemónico, que subordina la producción a la mercantilización, estimula una amplia difusión de las tecnologías y de los objetos tecnológicos pero una baja apropiación de ellos. Microsoft quiere vender la mayor cantidad posible de XP; no está preocupado por la apropiación de dicha tecnología. Uso y apropiación social son conceptos diferentes.

El modelo estándar de innovación es selectivo y jerárquico; no da cuenta de la riqueza social disponible para la inventiva. Nos dice que el desarrollo social y económico depende de las iniciativas de unos actores que deben innovar pero, al mismo tiempo, nos advierte que sólo son realizables por un determinado y restringido tipo de ellos: emblemáticamente el emprendedor shumpeteriano. Para el resto de la sociedad sólo queda la admiración o el miedo frente a sus obras.

El modelo de innovación "de arriba hacia abajo" favorece la infrautilización de la energía y creatividad social y lleva al talento colectivo hacia territorios banales, hedonistas y egoístas de creatividad, lejos de los objetivos del bienestar común. La reducción de la innovación a sus aspectos exclusivamente económicos y mercantilistas desprecia las experiencias de innovación distribuidas en todo el campo social.

17 de octubre de 2010

Mineros y pasamontañas


Uno de los espectáculos más vistos en la historia de la humanidad, el encuentro y rescate de los mineros chilenos, probablemente no requiera más palabras en torno a él. ¡Cuánta retórica hasta en la última hormiga! escribía Enrique Lihn hace ya varias décadas. Y lo escribía analógicamente, suponemos con una Underwood negra y pesada. Imagine Ud. lo que diría hoy frente a este reality globalizado y digitalizado en “tiempo real”. Pero, no nos queda más remedio, añadiremos más palabras a la espalda-hormiga de los mineros.

Comencemos con el relato de la situación antes del espectáculo: treinta y tres mineros quedan atrapados a más de seiscientos metros de profundidad en una mina de cobre de tamaño mediano en el desierto chileno. Pasan dos semanas y finalmente los esfuerzos de búsqueda concluyen con éxito: aunque débiles, están vivos. Aquí comienza la construcción del espectáculo, es decir, con la voluntad política de encontrarlos y de anunciarlo a los cuatro vientos. La apuesta arriesgada del gobierno y su presidente tuvo éxito. Pero hallarlos vivos fue azaroso. El dado de las probabilidades trabajó bien para el gobierno chileno y, por supuesto, para los mineros y sus familias. El espectáculo sigue su camino ampliando sus recursos expresivos, tecnologizándose y masificándose. Los medios de comunicación colaboran creando personajes, narraciones y pautando la temporalidad de los acontecimientos. Se comienzan a abocetar los perfiles de los héroes. El espectáculo concluye, en su fase eufórica, con la épica del rescate exitoso, perfecto, divino. Se inicia ahora la fase depresiva: el reloj de la historia vuelve a su aburrida parsimonia habitual y aparece el tiempo de la cotidianeidad y sus miserias: los hasta ayer héroes y sus familias comienzan a exigir dinero por sus testimonios y los periodistas, aunque muchos critiquen ese comportamiento, a pagar. El juego con la muerte también tiene valor de cambio. Comienza la resaca y el desencanto: del reality show al dirty realism.

Guy Debord, insigne “situacionista”, afirmaba en su texto más famoso, “La sociedad del espectáculo”, que “Toda la vida de las sociedades donde reinan las condiciones modernas de producción se anuncia como una inmensa acumulación de espectáculos: todo lo que era directamente vivido se aleja en una representación”.

Hay que retener la idea de producción: producción económica y producción de espectáculos, puesto que van juntas casi siempre. El espectáculo surge de una voluntad política de producción de espectáculos. La realidad es hecha espectacular por los actores sociales interesados en destacar un aspecto de ella y ocultar otras. Por cada palabra pronunciada hay por lo menos otra palabra silenciada. El espectáculo de los mineros silenció, por ahora, entre muchas otras cosas, el conflicto entre el Estado chileno y una parte del pueblo mapuche, por ejemplo. Y silenció, por supuesto, el apartheid cultural, económico y étnico en el que vive una mayoría de su población.

Debord nos regala definiciones aún más precisas: “El espectáculo no es un conjunto de imágenes, sino una relación social mediatizada por imágenes". En el espectáculo de los mineros, en su abundancia y plenitud metafórica, se escenifican de manera implacable las relaciones sociales en una sociedad como la chilena, brutalmente estratificada económica, racial y culturalmente, pero que vive la ilusión de su unidad y homogeneidad esencial. El espectáculo en su plenitud paroxística, es decir, cuando los mineros son rescatados, apela al plural identitario y nacionalista: ha sido el esfuerzo de todos los chilenos. Todo Chile debe estar contento. Los mismos que los condenaron a la oscuridad los traen a la luz. El gobierno, con la ayuda impagable de Dios, los técnicos y la Nasa los han salvado.

El subcomandante Marcos, afirmaba que los indígenas chiapanecos se hicieron visibles para el poder y la opinión pública cuando se pusieron el pasamontañas: hasta ese momento nadie los veía; estaban ausentes. La máscara, el pasamontañas, paradójicamente, al ocultar los rostros de los excluidos, los hacía visibles. El accidente de la mina, ha sido el pasamontañas de los mineros chilenos; se han hecho visibles a partir de la invisibilidad que les otorgó la oscuridad del agujero en el que estuvieron sepultados en vida durante semanas. El poder reconoció su presencia cuando más ocultos estaban. Y desde allí comenzó la tarea titánica de hacerlos emerger literal y metafóricamente. El poder los rescató y con ello aumentó su gloria, la del poder no la de los mineros, puesto que ahora que están visibles irán desapareciendo. El simulacro de la fusión de clases ya ha terminado. La cápsula del ascenso social se ha detenido de manera brusca. Salvo excepciones, la mayoría volverá a las profundidades abisales de la estratificación social, a la oscuridad pétrea de la exclusión, soñando con aquella oportunidad en que, sepultados y agónicos, fueron visibles.

12 de octubre de 2010

Citas (11)

"Dado que no hay una práctica social o un sujeto colectivo privilegiado en abstracto para conferir sentido y dirección a la historia, el trabajo de traducción [entre sujetos sociales] es decisivo para definir, en concreto, en cada momento histórico qué constelaciones de prácticas tienen un mayor potencial contrahegemónico"

Boaventura de Sousa Santos: El Milenio Huérfano.

8 de octubre de 2010

Desastres y prosperidad


Dos desastres en pocos días: la rotura de una balsa conteniendo diversos minerales pesados en Hungría y el choque contra un barco cargado con disolventes en el canal de la Mancha. En el primer caso, se trata de residuos del proceso de fabricación de aluminio y, en el segundo, de una variedad de disolvente y combustible pesado. Es decir, materiales o insumos relacionados con la fabricación de productos industriales, imperfectamente guardados o arriesgadamente transportados.

Nada nuevo que agregar a la larga lista de desastres ecológicos, conocidos o desconocidos. Más de lo mismo y de lo que seguira siempre siendo lo mismo dentro de un modelo productivo que, asentado sobre el riesgo, lo actualiza periódicamente bajo la forma de desastre. El aluminio y los combustibles están en la base de muchos de los "inocentes" productos de consumo cotidianos, aquellos que se entienden como signos de desarrollo y de bienestar. Pero nosotros, los decrecentistas, invertimos la ecuación perversa de la prosperidad: cada envase de refresco, cada automóvil, cada teléfono móvil etc. producido masivamente en las fábricas ubicuas del capitalismo arrogante reposa sobre capas de peligro. No existe el capitalismo verde ni el capitalismo sostenible: su razón y su lógica es siempre depredadora y destructiva. Es urgente desconectar la idea del bienestar de la ideología del desarrollo y el productivismo; cambiar las servidumbres del consumo y las estructuras generadoras del desastre. No hay mucho tiempo.

30 de septiembre de 2010

Citas (10)

"Hemos llegado entonces a un punto de imposibilidad de satisfacción de las necesidades que el capitalismo nos ha creado, inventado, impuesto y persuadido que debemos tener, con el fin de poder hacernos consumir las mercancías que nos ha enseñado a desear. Para renunciar a esto, la eco-dictadura parece ser el camino más corto y contaría con el apoyo de quienes tienen al capitalismo y al mercado como los únicos capaces de crear y distribuir riquezas y que prevén desde ya una reconstitución del capitalismo sobre nuevas bases-después de que las catástrofes ecológicas hayan puesto los contadores a cero, provocando una anulación de las deudas y los deudores.

Sin embargo, otra salida muy diferente se perfila, que conduce a la extinción del mercado y de los asalariados por la expansión de la autoproducción, la redistribución de la misma y la gratuidad. (...) Producir lo que consumimos y consumir lo que producimos es el mejor camino para salir del todo-mercado"

Manifiesto Utopía. Icaria Barcelona. 2010.

29 de septiembre de 2010

Cementerio productivista


La ideología productivista es implacable: somete a la acción humana a los imperativos del gigantismo, del despilfarro y de la sinrazón. Una vez dentro de ella no cabe más que comportarse de acuerdo a sus exigencias y rigores. La locomotora de la producción y el consumo sólo se mueve hacia adelante, aunque lo más nítido que se vea en el horizonte sea el precipicio.

En Madrid, el desarrollismo de los años setenta dejó como herencia una autopista gigante, la M-30, que rasgaba el rostro de la ciudad. Parte de un cauce fluvial fue convertido en un curso asfaltado que ha visto pasar durante décadas gran parte de la producción contaminante de la industria nacional y extranjera de automóviles.

Durante años la idea de “soterrar la M.-30” estuvo sobre la mesa de las brillantes ideas municipales. Hace algo más de tres años comenzaron las obras. Todavía continúan. Se ha cumplido, efectivamente, el objetivo del soterramiento: se han metido, literalmente, bajo tierra, hierros y asfalto, la autopista y sus coches, el ruido y los humos. De paso, (¿de paso?) el megaproyecto, ha aportado la actividad necesaria para aumentar el PIB regional, el índice de empleo y enriquecer a las empresas constructoras, bajo la coartada del bienestar ciudadano.

Las máquinas térmicas han sido silenciadas por máquinas térmicas. Sobre la superficie reina el silencio o, más bien la sordina de los ruidos del fondo abisal del tráfico impune. Triunfo, por aclamación, de la razón ingenieril sobre sí misma: ha resuelto, por ahora, parte de los problemas que ella se había provocado. ¿No le llaman a eso sostenibilidad? Pero fracaso total de la razón urbanística y la razón ecológica pues, coincidiendo con la crisis económica y el desvío de fondos hacia otras actividades más rentables para el narcisismo de la autoridad edilicia, el espacio urbano y paisajístico que nos han entregado a los habitantes de Madrid es desolador. Kilómetros de polvorientos descampados, precariamente maquillados por manchas arboladas y puentes de dudoso gusto sin evidencias de que participen de un proyecto visual, urbanístico y estético con sentido. En medio, un río convertido aún más que antes, si cabe, en un canal de regadío escuálido y avergonzado.

El entierro de la M-30 ha sido realizado de espaldas a la participación y la innovación colectiva. Los ciudadanos han quedado literalmente en sus márgenes, físicos y sociales, observando la destrucción de sus espacios de tránsito y esparcimiento habituales, respirando durante años polvo y más polvo de las interminables “obras” ofrecidas en nombre del progreso y anestesiados por promesas cuya impudicia nace de la desmovilización y la amnesia colectiva.

Y, lo que pudo ser la gran intervención de mejoramiento de la calidad de vida de Madrid a comienzos del siglo veintiuno, ha sido sólo la inhumación, arrogante pero provisional, de uno de los cadáveres del productivismo y del gigantismo. Metáfora elocuente de lo único que éstos, a estas alturas de su delirio, pueden hacer sobre sí mismos: esconder los muertos de sus propios desastres. Pero los signos de la gran fosa común aparecen por todos lados: respiraderos, chimeneas, salidas de coches… imposibles de ocultar ni por la “alfombra verde” prometida ni por la alfombra ideológica construida a fuerza de propaganda e “información al ciudadano”. Sobre ese cementerio, y otros más, se construye la gloria del desarrollo. Sobre ellos habrá que construir la utopía decrecentista.

21 de septiembre de 2010

Huelga y decrecentismo


Está en marcha en España una huelga convocada por los sindicatos mayoritarios. En esta convocatoria están concentradas al día de hoy la mayoría de las energías sociales y políticas críticas al actual modelo económico. Podemos estar en desacuerdo con su comportamiento en general pero, en actualidad, los sindicatos son, en el mundo del trabajo, una referencia ineludible. Ellos lideran una iniciativa que implicará, si sale bien, una fuerte movilización social con la que, en nuestra opinión, los decrecentistas debemos estar en sintonía.

Esta huelga es una huelga del mundo del trabajo asalariado pero representa una oportunidad importante para que tenga presencia y se muestre al conjunto de la sociedad el mundo de los movimientos de base, el de la economía solidaria, el de la ecología, el del cooperativismo y otros. Es decir, todo el espacio social que está fuera de las relaciones salariales. Un ámbito complejo y heterogéneo que hasta ahora ha quedado generalmente extramuros de las protestas sociales y que, usando la capacidad amplificadora de la huelga, puede dar a conocer formas de producción, comercialización, consumo y crédito distintas a las capitalistas.

Si aportamos creatividad y motivación puede ser la ocasión para crear un momento lúdico a la vez que reivindicativo. Podemos, aunque sea una paradoja, llevar un mensaje antiproductivista, que en un contexto de defensa del empleo, pasa, en el discurso hegemónico, por el crecimiento de la economía. Podemos aportar una nota disruptiva en el sentido común. Esa es entre otras, nuestra tarea y misión como movimiento. Mostrar formas de vida y trabajo que no transcurren por la relación de subordinación salarial y su horizonte productivista.

Pero representa también la ocasión para reclamar espacios y políticas públicas que sean más favorables a la economía solidaria, a las redes de intercambio, a la acción cultural, a las iniciativas de banca ética etc. Es una oportunidad para presionar y luchar también por nuestros propios objetivos. Es importante, entonces, que se participe con reivindicaciones explícitas propias del sector.

Otra cosa distinta es cómo participar en esta huelga. Y aquí aparecen 3 momentos posibles: a) durante su preparación (junto a otros colectivos) b) durante el mismo día de la huelga en nuestros lugares de trabajo y c) en las manifestaciones callejeras. Debemos estar en los tres.

La huelga debería servir también para estimular la reflexión acerca del estatuto político del movimiento por el decrecimiento y su estrategia de transformaciones. Somos un movimiento político, en su acepción más amplia, que debe encontrar su lugar en el conjunto de las luchas sociales. Y cualquier proyecto de transformaciones decrecentistas debe hacerse en alianza con el mundo del trabajo. Las contrahegemonías se construirán en la confluencia de proyectos de emancipación diferentes. Debemos mostrar que la posibilidad teórica de "lo común de lo diverso" encuentra su expresión práctica en las movilizaciones y acciones conjuntas con otros sujetos de los cambios, dentro de un proyecto destinado a aumentar la multiplicidad del mundo.

Esta huelga nos encuentra en la infancia del movimiento decrecentista y evidentemente se pondrán de manifiesto todos los balbuceos correspondientes a la edad. Esto no es lo importante; lo importante es saber que "decir no es decir si a algo diferente" y verla como parte de un recorrido que debe llevar a actualizar las posibilidades de la realidad. "En cada momento hay un horizonte limitado de posibilidades y por ello es importante no desperdiciar la oportunidad única de una transformación específica que el presente ofrece" (Boaventura de Sousa Santos)

7 de septiembre de 2010

Obsolescencia y uso decrecentista


La producción en masa y los procesos de acumulación de capital asociados a ella, requieren de la aceleración de los ritmos de generación y consumo de bienes. Dentro de esta lógica, los bienes de uso requieren ser mercantilizados y transformados en objetos de consumo con una alta tasa de rotación. Para ello, es imprescindible programar su obsolescencia, es decir, su deterioro progresivo o repentino. La racionalidad y la inventiva empresarial se aplica a limitar la vida útil de los objetos. Esta es la irracionalidad de la racionalidad capitalista: la inteligencia técnica se vuelca a pensar cómo reducir la duración de lo que se ha fabricado y, con ello, aumentar el volumen total de objetos circulantes. El exceso de ellos, convertidos en basuras después de un breve uso y un alto consumo energético, daña los ecosistemas pero genera sensación de abundancia y progreso. Esta es la perversión infinita de la alianza entre producción y consumo.

Por el contrario, la innovación decrecentista y la inteligencia colectiva que la sustenta, entre otras tareas, debe aplicarse, a pensar en la reducción del número absoluto de objetos circulantes mediante el aumento de la "tasa de uso" de los mismos. El esfuerzo decrecentista no está en el reciclaje sino en la limitación de la producción de objetos efímeros y en el incremento de la duración de los bienes. Se trata de pensar la permanencia y la identificación con los objetos cotidianos que nos rodean para alargar su vida junto a nosotros. El imperativo es ralentizar la producción de objetos banales y efímeros dejando la acción entrópica a la naturaleza y no a los ingenieros. Crear objetos comunitarios, objetos "buenos" y sanos; diseñarlos para que la colectividad "reconozca en ellos sus habilidades y capacidades" no para que proyecte en ellos sus frustraciones.

1 de septiembre de 2010

Setecientos metros


Que unos mineros en el desierto chileno queden atrapados a setecientos metros de profundidad cabía dentro de lo posible. La minería es una actividad de alto riesgo; lo ha sido y lo será siempre. Las probabilidades de ocurrencia del accidente aumentaron por la inmoralidad y desidia de los dueños de la mina. Hasta aquí estamos en el plano de los condicionantes microsociales. Vayamos a los macrosociales: ¿cuanta voracidad es necesaria para desarrollar procesos económicos y tecnológicos que requieran desgarrar la tierra en esas profundidades? ¿cuanta ambición de riqueza es necesaria para hurgar las entrañas del desierto con esa saña ? Mucha, no cabe duda. Por eso no hay que analizar lo sucedido como un accidente o una anomalía. Ya sabemos que el horror está en lo cotidiano y lo cotidiano, es la megaindustria minera que como otras, se considera "normal" y, en países como Chile, goza de gran prestigio social por ser la base de su economía.

Los ingenieros señalan, ufanos, que "las estadísticas indican que mientras mayor es el nivel de desarrollo de un país, más elevado es su consumo de cobre. Los países más industrializados, con una población promedio de 1.100 millones de habitantes, tienen un consumo de 10 a 15 kilos de cobre por persona al año. Los países en vías de desarrollo, en cambio, con una población de 4.900 millones de personas, consumen en torno a 2 kilos de cobre por habitante al año" (Codelco-Chile). Por eso hay que seguir arañando la tierra y producir cada vez más. Lo que no dicen es que este recurso, como muchos otros, tiene los días contados y que el impacto ecológico de su extracción es enorme.

La anomalía no es el accidente sino el gigantismo productivo, el avasallamiento de la naturaleza, la arrogancia del capital insaciable. Los treinta y tres mineros son víctimas de unos empresarios inescrupulosos, evidentemente, pero también de una lógica económica perversa que ha identificado desarrollo con gigantismo; bienestar con abundancia material de objetos banales y premeditamente obsolescentes. Uno de los principales usos del cobre son los aparatos telefónicos móviles, es decir, una de las basuras más contaminantes que existen en la actualidad, pensados para una corta vida en el uso y larga en los basureros.

La megaindustria extractiva del cobre, así como la de otros minerales, es inviable ecológicamente. No es imprescindible para el desarrollo humano; lo es para una forma concreta de crecimiento económico despilfarrador, contaminante y violento con la naturaleza. Es una actividad que debe ser excluida de cualquier diseño decrecentista.