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19 de enero de 2013

Reciclaje 1

Un blog se construye por capas. Capas de post que se van acumulando y enterrando en las profundidades textuales a lo largo del tiempo. De vez en cuando es conveniente extraer de esos estratos escondidos muestras de aquello que, escrito hace unos meses o años, el autor considera que puede darles otra oportunidad de vida poniéndolo de nuevo frente a los ojos de los lectores. Arqueología y reciclaje a la vez. Sin abusar, eso sí, que el carácter del bloggero se forja en la escritura constante y solitaria,  incluso si no lo lee nadie.

 DECRECENTISMO ES HABLAR EN PROSA
 12 Dic 2009
 
Moliere, en “El burgués gentilhombre”, muestra magistralmente el reconocimiento de una ignorancia y de “un darse cuenta” repentino. M. Jourdain, un muy poco ilustrado burgués, de pronto toma consciencia de que durante toda su vida ha hablado “en prosa”. Es decir, descubre una obviedad, tal como se refleja en este diálogo con el “filósofo”:

"—Filósofo: ¿Y son versos los que queréis escribirle?
—M. Jourdain: No, no; nada de versos.
—F:¿Preferís la prosa?
—J: No. No quiero ni verso ni prosa.
—F:¡Pues una cosa u otra ha de ser!
—J:¿Por qué?
—F: Por la sencilla razón, señor mío, de que no hay más que dos maneras de expresarse: en prosa o en verso.
—J:¿Conque no hay más que prosa o verso?
—F: Nada más. Y todo lo que no está en prosa está en verso; y todo lo que no está en verso, está en prosa.
—J: Y cuando uno habla, ¿en qué habla?
—F: En prosa.
—J: ¡Cómo! Cuando yo le digo a Nicolasa: "Tráeme las zapatillas" o "dame el gorro de dormir", ¿hablo en prosa?
—F: Sí, señor.
—J: ¡Por vida de Dios! ¡Más de cuarenta años que hablo en prosa sin saberlo! No sé cómo pagaros esta lección."

El decrecentismo es la prosa de muchos. La nuestra, por supuesto, pero también la de ecologistas y otros activistas sociales que durante muchos años de travesía por el desierto han intentado hacer una propuesta social y política con capacidad de cautivar y aunar voluntades en pro de una sociedad diferente. Este ecologismo, desgraciadamente, ha quedado atrapado en las redes que el sistema ha lanzado para capturarlo integrando el mismo concepto de "sostenibilidad" sobre el que han asentado gran parte de sus propuestas.

El movimiento decrecentista puede tener la capacidad, si las cosas se hacen bien, de reorganizar el imaginario activista, político y teórico de los, en muchos casos, aletargados movimientos sociales si dialoga con ellos, reconoce sus aportes téoricos y sus luchas y comienza a recorrer con ellos la gran transición hacia una sociedad viable. Eso requerirá acentuar las diferencias conceptuales, éticas y prácticas entre "sostenibilidad" y "decrecimiento". Es de vital importancia fortalecer una idea del decrecimiento no asimilable.

La propuesta por el decrecimiento es una obviedad. Es el “dos más dos” del sentido común y de la sensatez: no es viable un crecimiento infinito en un mundo finito y punto. No hay nada más que decir porque todo lo que se puede decir ya ha sido dicho: que si la tecnología, que si los acuerdos internacionales, que si la responsabilidad social corporativa; que si la empresa verde; que si el reciclaje etc. y no han servido para casi nada. Tinta y saliva a raudales han sido vertidas en los cauces de la retórica posibilista para justificar lo injustificable o para aligerar el peso y hacer un poco más lenta la caída a un precipicio que de todas maneras va a ocurrir, si seguimos por el mismo camino. El decrecentismo dice: “si ésto, entonces ésto”. Si el causante del desastre previsible es el crecimiento económico, no un tipo de crecimiento, sino "el" crecimiento en sí mismo entonces hay que dejar de crecer. Lógica y prosa elemental y, a la vez, implacable. Por ello, hay que seguir hablando en prosa: lo demás es poesía.

9 de marzo de 2012

La innovación y la imaginación como condición del decrecimiento

Entre los tópicos- y son muchos- contenidos en el discurso estándar sobre la innovación se encuentra aquel que señala que la innovación deber ser el  "motor del crecimiento". Nada más lógico y razonable, pero equivocado y parcial. Ni el  crecimiento económico, per se debe ser el objetivo de la economía ni la inteligencia ni la capacidad de innovación social tienen que estar a su servicio.Es posible modificar la actual "servidumbre voluntaria" de la capacidad de innovación a los imperativos productivistas. Non serviam.

El productivismo es una ideología encarnada hoy en el capitalismo cognitivo como antes lo estuvo en el capitalismo industrial. Sus rasgos de identidad son la desmesura y el avasallamiento de la sociedad y la naturaleza. No tiene conciencia de límites ni se sostiene por una ética de la responsabilidad colectiva. Justamente por esa carencia de base debe procurársela ideológicamente mediante adjetivos eufemísticos tales como "verde", "sostenible", "responsable" etc. La simulación y el maquillaje forman parte de su identidad.

Cuando el productivismo apela a la innovación como "motor" del crecimiento quiere significar con eso que necesita de la energía individual y colectiva para producir, cualquier cosa, en cualquier lugar del mundo, bajo cualquier condición laboral o ecológica etc. siempre y cuando al final del proceso aparezcan beneficios para los dueños del capital inicial. Schumpeter a mediados del siglo pasado, siguiendo a Sombart,  describió esta dinámica como "destrucción creativa"  encarnándola en la figura del emprendedor individual. Desde entonces esta idea se repite insistentemente en todos los manuales de innovación. Pero no es muy difícil darse cuenta que de lo que en realidad se trata es de "creatividad destructiva", es decir, la imaginación, la energía, y la creatividad puestas al servicio de destruir lo que ella misma ha creado. Esta doctrina llevada al paroxismo se expresa en la llamada "obsolescencia programada" que quiere decir la planificación del fin de los objetos para posibilitar su sustitución por otros funcionalmente equivalentes pero aparentemente diferentes. Una gran parte de la industria y por lo tanto de nuestro "modo de vida" está basada en la creación artificial de caducidad. Y esto es grave.

Pero la innovación no es un privilegio del productivismo. La innovación  y la difusión de las innovaciones son una posesión común de la especie, un rasgo propio y distintivo. Se puede expresar bajo diversas formas históricas y sociales, no necesariamente relacionadas ni con la economía ni con la tecnología en su sentido tradicional. Hay innovación cuando se crea una red de cooperativas o un mercado social. Hay innovación cuando se diseña una plantación de frutales siguiendo los criterios de la permacultura. Hay innovación cuando se articula una red huertos urbanos. Hay innovación cuando se crea una plataforma online para apoyar el comercio justo y  cuando se diseña un horno solar con desechos metálicos. Hay innovación cuando se crea una banca cooperativa y cuando se pone a punto una estufa rusa de masa térmica. Todos estos son ejemplos de creatividad, imaginación e innovación social, en total sintonía con las propuestas decrecentistas.

El decrecimiento, en tanto alternativa de organización de los vínculos entre los hombres y mujeres entre sí y con la naturaleza necesita, de la innovación social. La imaginación y la innovación constituyen las  condiciones de posibilidad de una sociedad decrecentista. Ésta tiene que ser necesariamente innovadora, no hay otra alternativa. La presencia en un enunciado de los términos innovación y decrecimiento debería ser entendido casi como un pleonasmo.


4 de marzo de 2012

Elogio del catastrofismo

Damas y caballeros, me presento: soy un catastrofista. El catastrofismo en temas medioambientales tiene mala prensa. Se arroja a la cara del interlocutor como sinónimo de exageración, pesimismo y poca confianza en las posibilidades de la tecnología de evitar o al menos atenuar los efectos secundarios o las “externalidades negativas” de nuestro  maravilloso “modo de vida”.

Separemos aguas. Ser catastrofista no significa ser apocalíptico. La noción de Apocalipsis es religiosa. El catastrofismo se basa en las evidencias científicas y en el sentido común, contenidos totalmente ausentes de los enunciados apocalípticos. Un catastrofista es un optimista informado y, por lo tanto, indignado. Un decrecentista también.

Repito: soy, junto a muchos otros, un catastrofista. Y a mucha honra, aunque,  a veces, serlo me quita el sueño. El catastrofismo actual es casi lo inverso de aquella teoría geológica dominante en Europa en los siglos dieciocho y diecinueve que afirmaba que la tierra se formó súbitamente y de forma precisamente “catastrófica”. El catastrofismo actual, con fundamentos más biológicos que geológicos, afirma que las pruebas científicas disponibles apuntan hacia una desaparición más o menos repentina de muchos de los fundamentos de la vida en este planeta. Afirmamos que nos enfrentamos ahora a una reducción drástica de las probabilidades de continuación de las formas biológicas, como consecuencia de la intervención destructiva de una de las maneras posibles de organización de la vida colectiva de las sociedades humanas sobre la tierra: el productivismo.

Este productivismo, expresado a lo largo del siglo veinte como capitalismo industrial o como socialismo de Estado, produjo el mayor daño ambiental conocido y ha dejado a los habitantes de este planeta, a todos, no sólo a los humanos, al borde del desastre. El catastrofismo no confunde los efectos antropogénicos con los efectos de las formas políticas, culturales y económicas de organización del animal humano. No es éste en sí mismo el dañino sino las formas contingentes de organización de su vida colectiva en medio de una biosfera finita. La historia medioambiental del siglo veinte muestra los antecedentes de la catástrofe previsible. “En el siglo veinte se cuadruplicó la población del mundo y su economía se multiplicó por 14, mientras que el consumo energético aumentó 16 veces y el factor de expansión de la producción industrial fue  de 40. Pero las emisiones de dióxido de carbono fueron 13 ves superiores y el consumo de agua se multiplicó por cuatro”  “Es evidente que no mantendremos durante mucho tiempo el ritmo del siglo veinte” (John R. Mc Nelly).

Los catastrofistas pensamos que existen posibilidades de enmendar el rumbo modificando tanto el imaginario productivista como las formas sociales de organización del trabajo, distribución de la riqueza y de relación con la naturaleza. Existen posibilidades culturales, tecnológicas y políticas pero, desgraciadamente, desconocemos sus probabilidades de éxito. A lo mejor los botones de la catástrofe ya han sido tocados. El catastrofismo, transformado en acción y voluntad política, forma parte de la razón decrecentista que trabaja en el estrecho margen que existe entre las posibilidades y las probabilidades de supervivencia.




7 de enero de 2011

Decrecentismo y lenguaje del mestizaje (2)

(Viene del post anterior)
Funciones


La primera tarea del decrecentismo, entonces, es mostrar lo que esconden las hegemonías del mundo y lo que anuncian las contrahegemonías y las disidencias. Esto corresponde a su función develadora que persigue quitar los velos que cubren los ocultamientos, las simulaciones y las coacciones ideológicas al servicio del poder. Se trata de poner de manifiesto lo soterrado por el imaginario del productivismo y sus excesos. Esta función incluye la función de comunicación o difusión de los develamientos o “comprensiones” que los grupos decrecentistas han obtenido de sus análisis y prácticas. Estos grupos son sujetos colectivos de enunciación que proyectan una identidad y buscan el encuentro con otras identidades. Es importante, no obstante, diferenciar la experiencia del develamiento y comunicación de la aceptación acrítica de una verdad revelada. La enunciación decrecentista debe ser el resultado de procesos dialógicos, racionales, informados y colectivos, sin subordinaciones de ninguna especie, ni siquiera a la misma idea decrecentista.

Otros incluyen el decrecimiento como un componente más de su acción, nosotros hacemos de él, una ética y un proyecto: un punto de referencia, un criterio de valor y una guía para la orientación, siempre provisional, en los escenarios de los cambios colectivos e individuales. Por este motivo, en segundo lugar rescatamos su función cartográfica para localizar y hacer visibles las experiencias ausentes y señalar el camino para las que presionan por emerger. Las muy variables topografías sociales donde transcurren las dinámicas de los actores requieren el dibujo de mapas con sus territorios pero, sobre todo, con sus caminos y senderos que comuniquen lo actual con lo posible, abriendo las zonas de contacto. Pero la cartografía sabe que no puede confundir el mapa con el territorio y que los trazados, las cotas y los relieves dibujados serán siempre provisionales.

Los decrecentistas no tenemos prioridad ni vocación de hegemonía. Somos advenedizos en el espacio de las iniciativas de cambio; otros también han nombrado los desastres y han propuesto alternativas. Podemos hacerlo, pero, ubicados en los intersticios de los proyectos de los actores, podemos aspirar también a un rol diferente: al rol de traductores, es decir, desde el lenguaje, desde la koiné sociopolítica, trabajar para “promover la inteligibilidad mutua entre experiencias posibles sin destruir su identidad” (B. de Sousa Santos). Esta función de traducción implica apoyar las interlocuciones entre las diferentes formas de experiencias de conocimiento, de trabajo, políticas, culturales etc. mostrando las equivalencias y haciendo evidentes los encuentros. El decrecentismo apuesta por las diferencias no jerarquizadas, por los espacios de diálogo no subordinados, aquí y a hora, es decir, en un presente ampliado y enriquecido por las iniciativas de todos.

Como una consecuencia directa de la función de traducción aparece, la función catalizadora que debe permitir que críticas y propuestas, teorías y prácticas, imaginaciones e iniciativas, en el amplio campo social, encuentren un sentido mayor engarzadas en el discurso del decrecimiento y sean estimuladas por éste. Se trata de favorecer el trabajo de articulación de las contrahegemonías ayudando a su confluencia en proyectos comunes. No ofrecemos una verdad revelada, repetimos, ni siquiera una certeza, sólo nuestro papel de facilitadores de la voluntad de cambio de los sujetos sociales.

Por último, la función catalizadora incorpora como elemento central la función de innovación e imaginación que invita a prefigurar  cómo vivir de una manera diferente, a partir de las prácticas de los actores y sus necesidades. La función cartográfica debe servir para detectar las experiencias sociales ausentes y desperdiciadas por las monoculturas del saber y las hegemonías sociales. La función de innovación lee e interpreta esos mapas, reivindica los saberes de todos, imagina mundos posibles, los pone en diálogo y ayuda a que las energías colectivas concluyan en proyectos concretos. La función de innovación reconoce y extiende la creatividad a todo el campo social, fuera de la ley del valor, de la mercancía y sus servidumbres y forma parte de las necesarias políticas de resistencia y propuesta creativa, frente a las hegemonías. La catálisis decrecentista, realizada a través del develamiento, la comunicación, la cartografía, la traducción y la innovación aspira a ampliar el campo de las experiencias posibles en el presente para aumentar las probabilidades de su realización futura.

6 de enero de 2011

Decrecentismo y lenguaje del mestizaje (1)

Nos encontramos en la “fase semántica” de la propuesta decrecentista. Fase colectiva de creación, depuración y difusión de conceptos que sean capaces de ensamblar este lenguaje del mestizaje sociopolítico con las prácticas de los actores. Hay que comenzar a hablarlo para nombrar las ausencias, reprimidas, y las emergencias, soñadas (B. de Sousa Santos). Fase también de interpretación y de imaginación sin más restricciones que las posibilidades de los deseos expresados por la palabra de los distintos.

Esbozamos aquí las tareas y funciones que, a nuestro juicio, debería asumir el emergente movimiento por el decrecimiento para encontrar su lugar dentro del proceso de reinvención de las prácticas emancipadoras. Creemos que la identidad decrecentista en la actualidad puede organizarse a partir de seis funciones principales, todas ellas muy relacionadas entre sí, a saber: función de develamiento, función de comunicación, función cartográfica, función de traducción, función de innovación y función catalizadora. Situaremos este esbozo en el contexto de la crisis de la palabra emancipatoria, de su naufragio en las aguas de la historia.

Naufragio

Venimos de un naufragio: el de los proyectos de emancipación, mucho más fracasados que derrotados, a lo largo del siglo veinte. Naufragio histórico, político, económico, cultural y anímico. Como escribimos en otro texto “todas las izquierdas, todas, quedaron tocadas por el desastre del llamado socialismo real. Ni la comunista, ni la socialdemócrata ni toda la flora y fauna troskista, maoísta o anarquista y sus combinaciones pudieron salvar los muebles del incendio. La comunista se hizo socialdemócrata. La socialista se hizo social liberal o, lisa y llanamente y sin vergüenzas, liberal. Y, en la llamada extrema izquierda, algunos se fueron para la casa, los más, y otros, los menos, iniciaron una loable pero larga travesía por el desierto. En el intertanto, los ecologistas han emergido y se han vuelto a sumergir sin poder asumir el liderazgo de aquello que se ha llamado izquierda social, mientras que los altermundialistas han pataleado en cuanto foro mundial se les ha puesto a su alcance”. En medio del repliegue, desde hace más de una década los neozapatistas son unos de los pocos que han abocetado con imaginación un programa de transformaciones razonable y utópico y viceversa.

Lenguaje

El movimiento por el decrecimiento surge de esas cenizas, de esos lodos y de esas esperanzas. Con el reloj de la historia acelerado, la tarea que tiene por delante es gigante y con muchos frentes abiertos. De todos ellos, uno se revela particularmente crucial: el del lenguaje. Sobado y gastado el lenguaje revolucionario y comprobada su incapacidad para convocar a los nuevos sujetos de las transformaciones, urge la construcción de un lenguaje que defina y critique el desorden y la locura neoliberal desde la imaginación y los deseos colectivos. La palabra decrecentista debe emerger del encuentro entre los conceptos de escritorio y los vocablos de la calle comunitaria en transformación; entre habla de la visión y del habla del deseo.

Desde abajo y a la izquierda (Marcos), las palabras del decrecimiento deberían ser capaces de transformarse en una lingua franca, en una koiné o habla común de intercambio entre los sujetos de las transformaciones. Eso requiere romper la continuidad acústica con los términos gastados y asociados a los fracasos de los socialismos autoritarios del siglo veinte y, sobre todo, vinculados a la vociferante e inútil teoría leninista. Y esa ruptura exige producir nuevos sonidos y nuevos ecos condensados y transportados por la lengua del mestizaje sociopolítico en la que puede constituirse el discurso decrecentista. Esta koiné decrecentista debe aportar resonancias que acompañen a los actores en sus nuevas y viejas prácticas cooperativas, solidarias, comunitarias y políticas. Una lengua franca y una koiné cumplen la función de comunicar las diferencias; porque son diferentes los hablantes requieren una lengua que permita la traducción de sus conceptos y prácticas. Es un lenguaje de frontera construido para atenuarlas. Es el lenguaje de lo “común”, diferente del lenguaje de lo “único”. El primero se construye, desde abajo, a partir de la necesidad y voluntad de permitir que los distintos dialoguen sobre aquello que comparten sin dejar de ser cada uno lo que es. El segundo, se construye, desde arriba, a partir de un proyecto de imposición que busca anular las diferencias e imponer la visión de unos pocos.

Vivimos ahora el reinado del pensamiento, el discurso y las prácticas de “lo único” en su versión neoliberal. Pero los decrecentistas rechazamos “lo único” en todas sus versiones, sea neoliberal, marxista, anarquista, ecologista y, por supuesto, decrecentista.

El decrecentismo no dice nada nuevo y, sin embargo, suena nuevo lo que enuncia. Es una obviedad y una provocación: un inventario de desastres sociales y ecológicos, presentes y futuros y una llamada a la acción. Pero, no podemos quedarnos en la compilación de los efectos de la locura civilizatoria; es necesaria la sintaxis que permita articular el diagnóstico con las prácticas a través del lenguaje del mestizaje sociopolítico que es el decrecentismo, es decir, el lenguaje de “lo común de lo diverso”. (Continúa)

18 de noviembre de 2010

Magnitudes y escalofrios

Cualquier mirada mínimamente crítica hacia lo que sucede en nuestra relación con la naturaleza se encuentra de inmediato con medidas, indicadores, valores, números en definitiva, escalofriantes. Extraigo algunos de estos números al azar de la bolsa de las "externalidades" de nuestro reverenciado "modo de vida".

"Seguir con la dinámica actual de crecimiento nos enfrenta a la perspectiva de la desaparición de la civilización tal como la conocemos, no en millones de años ni tan sólo en milenios, sino desde ahora y hasta el fin de este siglo" Peter Barrett.

"La UNESCO considera que entre dos mil (hipótesis baja) y siete mil (hipótesis alta) millones de personas sufrirán falta de agua en 2050. El Informe Candessus, elaborado por el antiguo Director del FMI, avanza la cifra de cuatro mil millones" Serge Latouche

"Es probable que estemos viviendo la sexta extinción de las especies. (...) la quinta extinción se produjo hace 65 millones años vio el fin de los dinosaurios y otras grandes bestias, probablemente tras el choque de un asteroide. (...) Pero a diferencia de las precedentes, el ser humano es directamente responsable de la disminución actual de los seres vivos y podría muy bien ser su víctima" Serge Latouche.

"Desde el año de 1993, el biólogo de Harvard E. O. Wilson estimó que la Tierra está perdiendo alrededor de 30,000 especies por año , lo cual se traduce a la estadística aún más espeluznante de tres especies cada hora. Algunos biólogos han comenzado a pensar que esta crisis de la biodiversidad (esta “Sexta Extinción”) es aún más severa y más inminente que lo que Wilson supuso" Instituto Americano de Ciencias Biológicas

"(Durante el siglo veinte) se cuadruplicó la población del mundo y su economía de multiplicó por 14, mientras que el consumo energético aumentó 16 veces y el factor de expansión de la producción industrial fue de 40. Pero las emisiones de dióxido de carbono fueron también 13 veces superiores y el consumo de agua se multiplicó por 9"  Paúl Kennedy

Como se sabe, frente a este inventario, muy sumario, de catástrofes caben, por lo menos, tres actitudes y posiciones ideológicas: La primera, la más fácil, el negacionismo. Se trata de refutar las evidencias y aportar datos, en el mejor de los casos, que vinculen, por ejemplo, los cambios climáticos con cambios naturales. Desde esta perspectiva los desastres advertidos por científicos desde diversos ámbitos de investigación no tienen carácter antrópico: corresponden a las fluctuaciones de la naturaleza frente a las cuales nada se puede hacer.

La segunda, la más conciliadora, afirma que los daños son antrópicos pero es posible ecologizar la producción y el consumo manteniendo el ritmo de vida. Aquí encontramos todas las variedades de desarrollo "sostenible", la economía verde etc. La confianza ilimitada en la tecnología como factor de salvación es propia de esta posición y de la anterior. De allí la apuesta por automóviles eléctricos, la energía nuclear, considerada "limpia, el reciclaje" y otras ingenuidades, algunas de ellas muy peligrosas.

La tercera la más difícil: la decrecentista afirma que la participación humana en los desastres medioambientales no admite discusión y que de lo que se trata es de detener, más o menos paulatinamente, la actual producción económica desbocada y guiada por una lógica social insana. Decrecimiento generalizado de la producción y consumo en los países centrales y decrecimiento focalizado en los estamentos altos de los países periféricos. Por aquí va la propuesta decrecentista.

Para los decrecrentistas, la magnitudes de las catástrofes que nos producen escalofríos son un estímulo para pensar e imaginar la posibilidad de una sociedad diferente, sin conocer a ciencia cierta la probabilidad de que pueda realizarse.

13 de junio de 2010

Abundancia y miseria

"La inmensa mayoría de los israelíes que han alcanzado tan altos niveles de vida como los de los países más avanzados, no sospechan siquiera que, a muy poca distancia de sus higiénicas viviendas, lindos jardines, fértiles tierras e industrias de alta tecnología malvive una sociedad miserable condenada-si no cambian antes las cosas- a su desaparición". Esto lo dice Mario Vargas Llosa. No tenemos particular aprecio por las ideas de este escritor cuyo proyecto político está instalado en las antípodas del nuestro. Pero esto que ha escrito recientemente nos parece certero y razonable. Aún más, esta descripción de la sociedad israelí nos parece una imagen generalizable a cualquier sociedad de las llamadas "de la abundancia". Vargas LLosa no ha realizado este análisis; al parecer su fe liberal se lo impide. Pero, toda sociedad donde se han "alcanzado tan altos niveles de vida" esconde un reverso de dominación, miseria y destrucción mediambiental, ya sea dentro o fuera de sus fronteras. La riqueza en un mundo finito es un juego de suma cero. Lo que tienen en abundancia unos es una resta a los otros. Sean o no visibles, para quien quiere ver, en todo caso, todo es visible, las cloacas existen y huele mal.

El bienestar material alcanzado en la parte hegemónica de Israel se debe, además del aporte magnánimo de EEUU, a un modelo de desarrollo basado fuertemente en la industria militar y un proyecto de construcción nacional de base religiosa y excluyente asentado en gran parte en la explotación de la fuerza de trabajo palestina. Pero ese mismo mecanismo se reproduce en la sociedad mundial. La exclusión de las mayorias para el beneficio de las minorías. No decimos nada nuevo, evidentemente; repetimos los argumentos que sostienen a cualquier idea de emancipación social y de reparto de riqueza. Los decrecentistas incorporamos como argumento central la cuestión de los límites de la biósfera y las consecuencias que para el medio ambiente tiene el modelo de abundancia que adjetivamos como despilfarrador. La imagen de una sociedad rica asentada sobre la miseria y la destruccción de otros corresponde exactamente a la de la sociedad mundial y su modelo de desarrollo. Y aquí también, "si no cambian antes las cosas", estamos condenados a la desaparición. El drecentismo es un esfuerzo por cambiar las cosas antes del desastre posible.

21 de abril de 2010

Caos aéreo y programa decrecentista

La erupción de un volcán con nombre impronunciable a miles de kilómetros de distancia ha creado una crisis de importancia en la navegación aérea europea y con ella en la mundial. El sistema ha activado las conductas de precaución y ha provocado el colapso. Los daños y los costos serán enormes. Paul Virilo hace ya tiempo que advirtió del potencial de peligro del sistema tecnológico interconectado planetario, la excerbación de su velocidad y sus probables crisis catastróficas. Ya hemos visto sus manifestaciones en el caso financiero.

Un mundo inteconectado y centralizado como el actual tiene siempre el potencial de desastre. Nos han dicho que estamos en la fase de la "sociedad red" donde los nodos independientes actúan como fusibles evitando la extensión del daño. Pero eso es parcialmente cierto: existen nodos centrales con mayor poder que otros y, por lo tanto, sus vicisitudes tiene más impactos en los demás. Lo nodos aeroportuarios europeos son nodos centrales que han interferido en el sistema total de navegación y con ello en el sistema económico y sus subsistemas turísticos, de transporte, comercio etc. La situación ha puesto en evidencia la relevencia del transporte aéreo para el actual modelo de sociedad global y, al mismo tiempo, la fragilidad de su funcionamiento. Antes lo habían hecho los atentados del 11-S.

La limitación del transporte aéreo y sus abusos debe formar parte del programa decrecentista. La economía mundial se basa en grado importante en este tipo de medio que es un consumidor intenso de energía, altamente contaminante y que favorece los procesos de deslocalización productiva y las diferentes expresiones del colonialismo. La utopía decrecentista afirma la excepcionalidad de los viajes a larga distancia y apuesta por la utilización de otros medios más acordes con las exigencias medioambientales privilegiando los intercambios de corto recorrido que favorezcan el desarrollo de las sociedades, las economías y las culturas locales. El decrecentismo promueve un autentica sociedad red con nodos a la vez integrados e independientes dentro de una lógica de agrupar "lo común de lo diverso" en un espacio de austeridad y lentitud. No queremos ir de prisa a ninguna parte.

12 de diciembre de 2009

Decrecentismo es hablar en prosa

Moliere, en “El burgués gentilhombre”, muestra magistralmente el reconocimiento de una ignorancia y de “un darse cuenta” repentino. M. Jourdain, un muy poco ilustrado burgués, de pronto toma consciencia de que durante toda su vida ha hablado “en prosa”. Es decir, descubre una obviedad, tal como se refleja en este diálogo con el “filósofo”:

"—Filósofo: ¿Y son versos los que queréis escribirle?
—M. Jourdain: No, no; nada de versos.
—F:¿Preferís la prosa?
—J: No. No quiero ni verso ni prosa.
—F:¡Pues una cosa u otra ha de ser!
—J:¿Por qué?
—F: Por la sencilla razón, señor mío, de que no hay más que dos maneras de expresarse: en prosa o en verso.
—J:¿Conque no hay más que prosa o verso?
—F: Nada más. Y todo lo que no está en prosa está en verso; y todo lo que no está en verso, está en prosa.
—J: Y cuando uno habla, ¿en qué habla?
—F: En prosa.
—J: ¡Cómo! Cuando yo le digo a Nicolasa: "Tráeme las zapatillas" o "dame el gorro de dormir", ¿hablo en prosa?
—F: Sí, señor.
—J: ¡Por vida de Dios! ¡Más de cuarenta años que hablo en prosa sin saberlo! No sé cómo pagaros esta lección."

El decrecentismo es la prosa de muchos. La nuestra, por supuesto, pero también la de ecologistas y otros activistas sociales que durante muchos años de travesía por el desierto han intentado hacer una propuesta social y política con capacidad de cautivar y aunar voluntades en pro de una sociedad diferente. Este ecologismo, desgraciadamente, ha quedado atrapado en las redes que el sistema ha lanzado para capturarlo integrando el mismo concepto de "sostenibilidad" sobre el que han asentado gran parte de sus propuestas.

El movimiento decrecentista puede tener la capacidad, si las cosas se hacen bien, de reorganizar el imaginario activista, político y teórico de los, en muchos casos, aletargados movimientos sociales si dialoga con ellos, reconoce sus aportes téoricos y sus luchas y comienza a recorrer con ellos la gran transición hacia una sociedad viable. Eso requerirá acentuar las diferencias conceptuales, éticas y prácticas entre "sostenibilidad" y "decrecimiento". Es de vital importancia fortalecer una idea del decrecimiento no asimilable.

La propuesta por el decrecimiento es una obviedad. Es el “dos más dos” del sentido común y de la sensatez: no es viable un crecimiento infinito en un mundo finito y punto. No hay nada más que decir porque todo lo que se puede decir ya ha sido dicho: que si la tecnología, que si los acuerdos internacionales, que si la responsabilidad social corporativa; que si la empresa verde; que si el reciclaje etc. y no han servido para casi nada. Tinta y saliva a raudales han sido vertidas en los cauces de la retórica posibilista para justificar lo injustificable o para aligerar el peso y hacer un poco más lenta la caída a un precipicio que de todas maneras va a ocurrir, si seguimos por el mismo camino. El decrecentismo dice: “si ésto, entonces ésto”. Si el causante del desastre previsible es el crecimiento económico, no un tipo de crecimiento, sino "el" crecimiento en sí mismo entonces hay que dejar de crecer. Lógica y prosa elemental y, a la vez, implacable. Por ello, hay que seguir hablando en prosa: lo demás es poesía.